Sólo en los últimos tres minutos River pareció recorrer el camino de
espinas que padeció en el último tiempo. Fue el lapso entre el gol de
Ortigoza de penal y el pitazo final de Beligoy cuando el equipo creyó
reencontrarse con los peores fantasmas, aquellos que le dominaban el
espíritu y le ataban las esperanzas hasta hace no tanto. Ese puñadito
de minutos contará como una enseñanza más sobre cómo sellar y archivar
un partido controlado sin que un mínimo traspié signifique un
tembladeral y, también, en cierto modo, resultará una manera de
confirmar aquello de que no existe un camino de rosas sin espinas.
River
todavía no volvió a ser River, entendiéndose por esto a un equipo
ganador, que va al frente constantemente, que es protagonista
excluyente y que infunde un respetuoso temor en el rival. River está
volviendo a ser un equipo, con todo lo que esto significa, a juzgar,
como está dicho, de los penosos últimos tiempos. Con agujeros por todos
lados, el Negro Astrada es más un costurero que un entrenador. Y su
preocupación por los remiendos le está dando, lentamente, sus
dividendos. Hoy River no es un grupo de voluntades despreocupadas y a
la deriva, sino un conjunto que se arma de atrás para adelante, que
apuesta al liderazgo y a la fácil individualización de esos líderes.
Aparece Vega cada día más sólido o sobresale Almeyda, improvisado como
líbero, aunque da la sensación que para a un jugador con su experiencia
e inteligencia futbolera nada fuera producto de la improvisación. Suena
a recuperado Barrado, tiene presencia Domingo y da el salto de calidad
Buonanotte... Y, sí, hay un ausente, y no es Gallardo, quien no jugó
por lesión; se trata de Ortega, del ídolo, del tipo que tantas veces
levantó el ánimo de los hinchas y ahora es él el estimulado por la
gente, que lo ovacionó luego de haberse perdido un par de goles más
bien fáciles. Su buen pase al Enano en el primer gol compensó un poco y
quedó como crédito a que siempre puede esperarse algo interesante del
Burrito.
Ojo: también ligó, River, no hay que negarlo. Si el
derechazo de Sosa, al minuto, entraba en vez de dar en el travesaño,
quizá el partido era otro. Y Tal vez Argentinos era otro, el mismo que
en anteriores partidos, pero no el de anoche, encerrado en su propia
cancha, enredado en el poco espacio que su rival le dejó para jugar,
resignado a una bocanada de aire puro sobre la hora que lo puso a tiro
del empate. Pero se sabe, esto fue obra y gracia de River; de este
River ordenado de Astrada que por un ratito se codeó con aquel
espinoso, que a cada pinchazo se le abría una herida. No es el caso de
éste, que si bien no duerme en un lecho de rosas, está empezando a
disfrutar de mejores aromas. Pasito a pasito, el tiempo irá dictando el
resto de la historia.
Ganamos! ¡Ganamos! ¡Ganamos! Increíble pero real, River le ganó a
Argentinos en el Maradona, donde nunca habíamos ganado. Cortamos otra
racha negra, 17 partidos sin ganar como visitantes. River lo hizo con
una producción notable, siendo claramente superior al muy buen equipo
de Borghi. La nueva versión de Astrada, ya lo habíamos anunciado,
trabaja cada partido especialmente. Almeyda de último tapó agujeros,
Nico Domingo se corrió todo, se repartieron entre los que pasaran cerca
hacerle sombra a Ortigoza para que no pudiera manejar tranquilo la
pelota y así, poco a poco, River le fue comiendo la confianza al rival
y le empezó a llegar, de contra, varias veces. Hace unas fechas, no
llegábamos al arco rival ni con la orden de un juez. Ahora, como por
arte de magia, ¡hasta nos perdemos goles! ¡Qué linda sensación! Ortega
tuvo en sus pies dos situaciones que con más aire las metía de taquito,
pero regaló una asistencia deliciosa en el gol del Enano. Casi
idéntico, con una dosis menor de belleza, Mauro Díaz habilitó para la
gran definición del resucitado Rosales. Dos goles de calidad, de
elaboración, de claridad conceptual y de precisión en el pase a la red.
Y pudieron ser más. El sufrimiento del final no era merecido, pero
teníamos que ganar así, para que la banda que se volvió loca durante
todo el partido lo festejara más.
Una mención especial para
Vega. La remó desde que llegó a River. No tiene a la mejor defensa que
se recuerde. Se bancó salir. Y volvió para quedarse. Con sus atajadas,
aporta para empezar a zafar de una situación muy incómoda. Se ganó una
chance para cuando River esté peleando donde manda la historia.
Hasta erramos goles, cuando hace poco ni situaciones de gol teníamos.
En ese golpe de pecho y en ese abrazo con Ortega, Buonanotte expresaba
algo más que el 1-0 a Torrico. También se descargaba por los otros
embriones de goles que no llegaron en las últimas fechas. Es que
después de su penal ante San Lorenzo, al Enano se le cerró literalmente
el arco. Y anoche lo reabrió de la mejor manera, con un toque excelso
de izquierda, a la cueva, donde tantas veces quise meter la bola y no
pudo.
La jugada arrancó con una mentira suya: engañó a ir a
buscar el pase pero dejó pasar la pelota y metió la diagonal. Y todo
siguió con un déjà vu propio del campeonato del Clausura 2008: pase de
Ortega y definición de Buonanotte.
De esta manera, el Enano
llegó a su cuarto grito en el torneo, al 19° en Primera y a ostentar el
cartel de goleador de River en esta temporada.
Si algo había
mostrado en este tiempo Buonanotte fue su capacidad de llegador.
Mientras el equipo buscaba su rumbo, Diego se cansaba de fabricar
desequilibrio y de desaprovechar oportunidades. Pero ayer estuvo fino.
En el preámbulo de la noche, encontró un hueco por el centro de la
cancha y le quedó para la derecha. Se le fue apenas por encima del
travesaño. ¿Algún problema? No, para nada. Vio el negocio en el
retroceso, en el toque corto con Abelairas y en la búsqueda mutua con
Ortega.
Que otro Diego (Maradona) lo haya estado mirando desde
la platea puede haber funcionado como motivación para quien figuró en
una lista provisoria de la Selección local pero finalmente no fue
llamado para ese partido ante Ghana.
De a poco vuelve a tomar el
mejor de sus niveles. Para lograrlo se desgasta, corre, se fastidia,
pide todas. No fue casualidad que a los 20 minutos del segundo tiempo
ya no mostrara las luces del comienzo. Astrada lo reemplazó por el otro
goleador de la noche: Rosales.
El partido lo terminó sentado en
el banco, al lado de Ortega, ese socio que le quita presiones y que
entiende sus ritmos para darle el último pase. O sea, para que viva
otras noches como la de anoche.